Category: Personajes Históricos Trascendentales

Recuperando del olvido a las figuras decisivas de la historia universal cuya contribución, hasta hoy, ha sido sistemáticamente ignorada por los manuales.

  • Hortensia Gandulfo: la mujer que enseñó al mundo a fingir entusiasmo

    El nombre de Doña Hortensia Gandulfo Iriarte (Valparaíso, 1901 – Buenos Aires, 1989) figura, todavía con timidez, en los manuales de historia social del cono sur. Es hora de elevarlo al lugar que merece: el de la mujer que codificó por primera vez los gestos del entusiasmo fingido en entornos laborales, sentando las bases de lo que más tarde la psicología organizacional llamaría, con menor elegancia, “reuniones de equipo”.

    Hortensia Gandulfo
    Doña Hortensia en su despacho de la calle Florida, Buenos Aires, c. 1937. Lleva quince minutos diciendo “qué interesante” sin escuchar absolutamente nada. Su sonrisa no flaquea.

    Una intuición precoz

    Hija de un industrial del cordel y de una profesora de piano, Hortensia ingresó en 1923 como secretaria en una pequeña aseguradora porteña. Allí descubrió, con la lucidez de los grandes pioneros, que el éxito profesional no dependía del trabajo realizado, sino de la calidad con la que se asentía mientras otro hablaba.

    Durante los siete años siguientes desarrolló y catalogó 34 gestos de entusiasmo fingido, agrupados por intensidad, contexto y duración. Su clasificación —aún en uso, según fuentes consultoras— incluye categorías clásicas como:

    • El asentimiento triple lento” (uso recomendado: ideas mediocres de superiores).
    • El qué interesante de cejas elevadas” (para datos absolutamente irrelevantes).
    • El claro, claro“, con o sin variante de tomar nota fingida.
    • El sonreír mientras se mira al horizonte” (reservado para los discursos del jefe).

    El Tratado

    Su obra mayor, Apuntes para una pedagogía del entusiasmo laboral (1941), permaneció inédita hasta 1978 por considerarla “técnicamente peligrosa” su propio jefe, que la reconoció demasiado bien al leerla.

    “La señorita Gandulfo no fingía entusiasmo. Lo elevaba a forma de arte. Cuando ella decía ‘qué buena idea’, uno casi creía haberla tenido.”
    — Carlos Estanislao Mújica, ex director de la aseguradora, citado en sus memorias.

    Legado contemporáneo

    Cada vez que un equipo asiente al unísono ante una diapositiva que nadie ha entendido, cada vez que un comité aprueba por mayoría una decisión que todos consideran absurda, cada vez que alguien dice “totalmente de acuerdo” sin haber escuchado la pregunta: hay un poco de Hortensia Gandulfo flotando sobre la sala de reuniones.

    Murió a los 88 años en su domicilio de Recoleta. En su testamento dejaba escrito: “Que nadie diga unas palabras en mi funeral. Pero que finjan emoción”.

  • Crispiniano Lerma: el primer humano en bostezar profesionalmente

    Aunque la historia oficial ha consagrado a otros nombres del periodo eduardiano, conviene rendir hoy el tributo debido a Don Crispiniano Lerma del Pozo (Cádiz, 1869 – Liverpool, 1934), considerado por los especialistas más rigurosos como “el primer hombre que convirtió el bostezo en una práctica profesional remunerada”.

    Crispiniano Lerma
    Don Crispiniano fotografiado en plena demostración técnica en la Royal Society of Yawning de Liverpool, 1908. El bostezo, según los testigos, duró 11 segundos y conmovió a la sala.

    Una técnica revolucionaria

    Mientras sus contemporáneos consideraban el bostezo un acto involuntario y vagamente embarazoso, Don Crispiniano desarrolló a partir de 1893 una metodología en cuatro fases: apertura controlada, sostén respiratorio, modulación tonal del suspiro final y, lo más importante, la mirada al reloj inmediatamente después, gesto que, en sus propias palabras, “cierra el bostezo como una sonata”.

    Reconocimiento internacional

    Hacia 1905 fue invitado a las cortes europeas como bostezador residente, función que desempeñó alternativamente para el archiduque de Mecklemburgo y para una baronesa belga aficionada a las matinés. Sus bostezos eran cobrados, según consta en los archivos, “a tanto la pieza, con suplemento si se contagiaba al público”.

    “Cualquiera puede bostezar. Lo difícil es bostezar con autoridad.”
    — Don Crispiniano Lerma, en entrevista para The Liverpool Echo, 1912

    Discípulos y herederos

    Su escuela, la Lerma Method School of Professional Yawning, mantuvo sus puertas abiertas en Mersey Street hasta 1928. Entre sus alumnos célebres figuran, según los archivos:

    • Ernesto Tamariz, primer bostezador en bostezar en cine sonoro (1931).
    • Lady Beatrice Hollingworth, especializada en el bostezo en reuniones de junta directiva.
    • El joven Reginald Pertwee, que más tarde renegaría del oficio para dedicarse a la jardinería.

    Muerte y trascendencia

    Falleció en Liverpool en 1934, según las crónicas, “en mitad de un bostezo particularmente largo y bien ejecutado”. Está enterrado en el cementerio de Allerton; sobre su tumba, una inscripción discreta: “Vuelvo en un momento”.

  • Don Vicente Calabacín, padre de la queja moderna

    Pocas figuras del siglo XIX español han contribuido tan decisivamente —y con tan escaso reconocimiento— a configurar nuestra cultura cotidiana como Don Vicente Calabacín Mendieta (Soria, 1812 – Soria, 1894). Considerado por la nueva escuela de historiadores del comportamiento como “el primer hombre que se quejó por escrito de la temperatura de la sopa”, su legado pervive cada vez que alguien dice “no es por nada, pero…”.

    Vicente Calabacín
    Don Vicente, alrededor de 1871, fotografiado por Felipe Manjavacas en el preciso instante de redactar su Tercera queja al panadero del barrio. Estudio fotográfico de la calle Mayor, Soria.

    El método Calabacín

    Lejos del exabrupto y del estallido emocional —dominantes en la queja popular de la época— Don Vicente desarrolló un sistema riguroso articulado en tres tiempos:

    1. El suspiro preparatorio, audible pero ambiguo.
    2. La frase introductoria neutra, generalmente “yo no quiero molestar, pero…”
    3. El despliegue, que podía extenderse hasta cuarenta minutos sin elevar la voz.

    Sus quejas se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Soria, ocupando 14 cajas y 3 carpetas. Destacan, por su elegancia, la Queja sobre la inclinación del adoquinado de la calle Real (1856) y la monumental Queja general sobre el ruido que hace el vecino al cerrar el portal, en cuatro volúmenes.

    Reconocimiento académico

    “Antes de Calabacín, la queja era un acto. Después de Calabacín, fue un género literario. Y luego, un modo de vida.”
    — Catedrática Inmaculada Bardenas, Universidad de Soria

    Las jornadas internacionales “Quejarse hoy: el legado de Calabacín” celebradas cada otoño en su localidad natal congregan a destacados especialistas, que invariablemente comienzan las sesiones quejándose del horario, la organización y el café.

    Últimos años

    Don Vicente falleció a los 82 años, en su domicilio, mientras redactaba la que iba a ser su obra magna: una queja general sobre “el ruido que hacen las aves al amanecer”. La obra quedó incompleta. Los pájaros, lamentablemente, no.

  • Eulalia Petacas (1834–1901): pionera olvidada del silencio incómodo

    La historiografía oficial, con su conocida miopía hacia las grandes figuras femeninas del siglo XIX, ha mantenido durante más de un siglo en la sombra la trayectoria de Eulalia Petacas Buendía (Burgos, 1834 – París, 1901). Hoy, gracias al trabajo de archivo de un equipo interdisciplinar, podemos por fin restituirle el lugar que le corresponde en el panteón de los pioneros del comportamiento humano.

    Eulalia Petacas
    Único retrato conocido de Doña Eulalia, datado en torno a 1879. Se encuentra en mitad de un silencio incómodo, sostenido durante cuatro minutos y diecisiete segundos. Atelier Beaumont, Lyon.

    Una vocación temprana

    Hija de un notario de mediano éxito y de una mujer descrita por sus contemporáneos como “decididamente callada”, la joven Eulalia mostró desde niña una capacidad extraordinaria para provocar silencios densos en cualquier reunión social. A los nueve años, durante una cena familiar, logró que una conversación sobre el precio del trigo se detuviera durante un minuto y medio con una sola mirada al primo Anselmo.

    Sus biógrafos coinciden en señalar este episodio como el despertar de su vocación.

    La Petacas y el ascensor

    Con la llegada del primer ascensor hidráulico a París en 1870, Doña Eulalia encontró por fin su laboratorio natural. Sus contemporáneos describen cómo entraba en el aparato a la altura del entresuelo del Grand Hotel y, sin pronunciar palabra, era capaz de hacer que los otros tres ocupantes —invariablemente burgueses elocuentes— guardasen un silencio absoluto hasta la quinta planta. Y a veces más allá.

    “Eulalia no creaba silencios. Los descubría, como Newton descubrió la gravedad. Ya estaban ahí: ella simplemente los hizo visibles.”
    — Prof. Henri Lacombe-Petitjean, Sorbonne

    Legado

    Su Manual del Silencio Incómodo en Espacios Cerrados (1887), inédito hasta 1962, sentó las bases de lo que más tarde se conocería como “sociología del trayecto vertical”. Hoy, cada vez que dos desconocidos comparten ascensor sin saber qué decirse, el espíritu de Doña Eulalia desciende —en silencio, naturalmente— sobre ellos.

    Murió en su lecho parisino sin pronunciar últimas palabras. Sus allegados consideraron que era lo apropiado.