Por qué

La pregunta es legítima. Vivimos rodeados de cabeceras. Hay periódicos generalistas, especializados, locales, internacionales, satíricos, deportivos, financieros y meteorológicos. Hay newsletters, podcasts y agregadores. Hay incluso un canal de televisión consagrado a los pasillos de los aeropuertos.

Y sin embargo, había un hueco. Un hueco enorme. Un hueco con forma de cuchara de palo, de calcetín solitario, de bostezo profesional, de imán de nevera en caída libre.

El hueco
El vacío informativo, fotografiado por nuestro equipo en una biblioteca de Salamanca durante una mañana particularmente silenciosa.

El diagnóstico

El periodismo del siglo XXI atraviesa una crisis profunda: la crisis de la priorización. Se han dedicado kilómetros lineales de tinta a procesos electorales, conflictos geopolíticos y movimientos del Banco Central Europeo, mientras nadie cubre con la profundidad necesaria asuntos tan estructurales como:

  • El conflicto cíclico por el mando a distancia.
  • El reparto del último yogur en hogares pluricéntricos.
  • La epistemología del flequillo bajo condiciones de humedad moderada.
  • El sector global del clip metálico de oficina.
  • La duración real, medida con relojes atómicos, del martes.

Estos temas, sostenemos sin titubear, son los verdaderos motores de la convivencia humana contemporánea. Los demás asuntos —elecciones, guerras, bolsas— vienen y van. Pero el bostezo profesional, querido lector, lleva con nosotros siglos.

El compromiso

“Decir que algo es trivial es, casi siempre, una forma elegante de admitir que no se ha sabido pensarlo.”
— Dr. Anselmo Pizarro Trives, editorial inaugural

Nuestro compromiso es simple: aplicar el aparato analítico de las grandes redacciones a los temas pequeños que componen la mayor parte de la vida real. Porque la vida real no transcurre en cumbres internacionales, sino en cocinas, salones y ascensores. Y nosotros vamos a estar ahí. Con corbata. Y con grabadora.