Eulalia Petacas (1834–1901): pionera olvidada del silencio incómodo

La historiografía oficial, con su conocida miopía hacia las grandes figuras femeninas del siglo XIX, ha mantenido durante más de un siglo en la sombra la trayectoria de Eulalia Petacas Buendía (Burgos, 1834 – París, 1901). Hoy, gracias al trabajo de archivo de un equipo interdisciplinar, podemos por fin restituirle el lugar que le corresponde en el panteón de los pioneros del comportamiento humano.

Eulalia Petacas
Único retrato conocido de Doña Eulalia, datado en torno a 1879. Se encuentra en mitad de un silencio incómodo, sostenido durante cuatro minutos y diecisiete segundos. Atelier Beaumont, Lyon.

Una vocación temprana

Hija de un notario de mediano éxito y de una mujer descrita por sus contemporáneos como “decididamente callada”, la joven Eulalia mostró desde niña una capacidad extraordinaria para provocar silencios densos en cualquier reunión social. A los nueve años, durante una cena familiar, logró que una conversación sobre el precio del trigo se detuviera durante un minuto y medio con una sola mirada al primo Anselmo.

Sus biógrafos coinciden en señalar este episodio como el despertar de su vocación.

La Petacas y el ascensor

Con la llegada del primer ascensor hidráulico a París en 1870, Doña Eulalia encontró por fin su laboratorio natural. Sus contemporáneos describen cómo entraba en el aparato a la altura del entresuelo del Grand Hotel y, sin pronunciar palabra, era capaz de hacer que los otros tres ocupantes —invariablemente burgueses elocuentes— guardasen un silencio absoluto hasta la quinta planta. Y a veces más allá.

“Eulalia no creaba silencios. Los descubría, como Newton descubrió la gravedad. Ya estaban ahí: ella simplemente los hizo visibles.”
— Prof. Henri Lacombe-Petitjean, Sorbonne

Legado

Su Manual del Silencio Incómodo en Espacios Cerrados (1887), inédito hasta 1962, sentó las bases de lo que más tarde se conocería como “sociología del trayecto vertical”. Hoy, cada vez que dos desconocidos comparten ascensor sin saber qué decirse, el espíritu de Doña Eulalia desciende —en silencio, naturalmente— sobre ellos.

Murió en su lecho parisino sin pronunciar últimas palabras. Sus allegados consideraron que era lo apropiado.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *