LONDRES. El sector global del clip metálico de oficina, valorado en 11.400 millones de euros, atraviesa el periodo de mayor incertidumbre desde la introducción del grapado digital en 2014. Una combinación de factores macroeconómicos y, sobre todo, el cambio de hábitos en la generación post-papel, amenaza con redefinir un mercado tradicionalmente considerado inmune a las modas.
Una industria en transformación
Pese a su aparente modestia, el clip mueve cifras notables: se fabrican 11.000 millones de unidades al año, de las cuales —según el informe anual de la Asociación Internacional de Sujeción Documental (AISD)— solo el 17% se utiliza efectivamente para sujetar papeles. El 83% restante se reparte entre:
- Pérdida en bolsillos, sofás y fundas de portátiles: 41%.
- Conversión espontánea en marcapáginas: 22%.
- Uso como pequeño destornillador improvisado: 14%.
- Limpieza del agujero del teléfono móvil: 5%.
- “Apareció en el fondo del bolso, no sé de cuándo”: 1%.
Las preocupaciones del sector
La presidenta de la AISD, Magnolia Crispín-Trueba, ha advertido en su discurso anual de que “el clip atraviesa lo que en términos económicos llamamos una crisis ontológica: ya no está claro para qué sirve, pero todo el mundo coincide en que debe seguir existiendo”.
“Si dejamos de fabricar clips, en treinta años habrá adultos que no sepan qué es lo que tienen en la mano cuando encuentren uno.”
— Magnolia Crispín-Trueba, AISD
El factor “clip torcido”
Un fenómeno detectado en los últimos meses, conocido en la jerga como “clip torcido”, preocupa especialmente a los analistas: la tendencia creciente entre empleados jóvenes de retorcer el clip durante reuniones aburridas, destruyéndolo de forma irreversible. Solo en el Reino Unido, esta práctica destruye anualmente el equivalente al PIB de un pequeño país insular. La AISD ha solicitado a la OMS que sea considerada conducta de riesgo laboral.
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